La realidad de "Adú"

El film de Pilar Palomero, “Las niñas”, se ha alzado con los más importantes premios de la 35 edición de los Goya, a Mejor Película, Dirección Novel, Guion original, y Mejor dirección de fotografía para Daniela Cajías, que ha hecho historia como la primera mujer en ganar un galardón), y el cine en euskera también ha cobrado por fin el protagonismo que merece repartiéndose los premios técnicos de la Academia, "Ane" con 3 (entre ellos a Mejor Actriz Protagonista a Patricia López Arnaiz) y 5 para "Akelarre" (Vestuario, Efectos Especiales y Mejor Música Original), en una híbrida gala que se ha caracterizado por su homenaje a las salas, en la que los presentadores han ido al grano de lo importante, en la que no ha habido chistes malos ni comentarios forzados, y en la que los ganadores han estado cómodos en sus discursos con unos agradecimientos más sentidos, más auténticos y más reivindicativos. 

Sin embargo, a pesar de que "Adú" ha obtenido 4 de los premios técnicos (de los 13 a los que estaba nominado), entre ellos a Salvador Calvo a Mejor Dirección, y al actor francés que interpreta Massar, Adam Nourou a Mejor Actor de Revelación (convirtiéndose en el primer actor negro en conseguir un Goya), siento que la película no ha obtenido el reconocimiento que merecía, en un año en el que se ha vuelto a dejar de lado una temática tan importante como es la de la realidad social en la que se ha convertido la inmigración.



POR ESO HABLEMOS DE ADÚ

"Adú" es un drama de historias cruzadas que habla sobre una tragedia que ocurre diariamente, y que cobra forma con el relato de cientos de migrantes que se juegan la vida al intentar llegar a la costa mediterránea, perdiéndola muchos por desgracia, en el intento. Una tragedia en forma de ficción que supera una realidad que siempre ha estado ahí, y que está, pero que se vuelve incómoda, para quienes se niegan a verla. En concreto esta película se centra en la vida del pequeño Adú (interpretado por el maravilloso y cautivador Moustapha Oumarou), un niño camerunés de seis años que intentará junto a su hermana primero, y después junto a su amigo adolescente Massar (interpretado por Adam Nourou), alcanzar Europa a través de la frontera con Marruecos en Melilla, en un desesperado intento por salir de su país, sumido en la codicia y la miseria humana. 

Un relato dentro de una de las que podría ser la línea argumental más dura de la película, y la que más consigue emocionar -gracias a la fuerza interpretativa de los dos protagonistas, Adú y Massar-, ya que retrata con cruda cotidianeidad la realidad de lo que pasa en los países tercermundistas y el camino que muchos niños engañados por mafias, se ven obligados a emprender en sus desesperanzados intentos por alcanzar un "mundo mejor", y en el que palabras como violación, prostitución o enfermedad, les avocan a perder los últimos resquicios de una infancia y adolescencia robadas. Historias de niños y adolescentes como los que Calvo conoció al entrar en contacto con el CEAC (Comisión Española de Ayuda al Refugiado) y en las que se inspiró para la llevar a cabo la producción de esta película.  

Moustapha Oumarou (Adú) y Adam Nourou (Massar) 


Pero la historia del arco de transformación hacia una forzosa maduración a causa de la emigración no es la única de las líneas argumentales sobre la que se sostiene el relato principal de la película, y dos son el resto de historias que la sostienen como pilares, aunque si bien una con menos fuerza o cohesión narrativa que la otra, logrando un no del todo satisfactorio resultado final en la consecución de las mismas, pero si el mostrar tres realidades diferentes sobre un mismo tema, a modo de 
tríptico sobre la emigración

La segunda de las historias se muestra como contrapunto de acción a la de los protagonistas Adú y Massar. Un montaje paralelo en el que se proyecta la arquetípica relación paternofilial de un español activista medioambiental, -y a la vez un hombre de difícil carácter en plena crisis vital y profesional-,  que trabaja en una ONG contra la caza furtiva y protegiendo a los elefantes de una reserva natural en Camerún, y que recibe  y a su difícil hija, con la que nunca ha estado muy unido para tratar de lograr una relación de confianza con ella como para apartarla de las drogas. Sin embargo, los personajes plantean los típicos problemas primermundistas que llegan a molestar incluso en el desarrollo del relato, y que quedan descontextualizados del resto del film al enfrentarse directamente a la potente historia de los otros dos chicos, y al no ser tratados, o abarcar un espacio en el relato suficiente como para poder ser desarrollados con una mayor profundidad psicológica o dramática. Algo que me lleva a tener que criticar esta pata de la silla que vertebra el eje central narrativo del si bien no magnífico guion de Alejandro Hernández. No obstante, aunque quizá es la historia que menos consigue encajar y que más podría naufragar, destaca por lo bueno de las interpretaciones de Ana Castillo y Luis Tosar -aunque no consiguen lucirse del todo- y el cierre completo de la misma. 

Ana Castillo (Sandra) y Luis Tosar (Gonzalo)

La tercera de las historias, se muestra como contrapunto a esta historia de inmigración a miles de kilómetros al norte, la de tres Guardias Civiles (Álvaro Cervantes, Jesús Carroza y Miquel Fernández) que trabajan en Melilla y que se enfrentan a un juicio al verse implicados accidentalmente en la muerte de un refugiado político congoleño que intentaba saltar la valla en Melilla. Una estremecedora secuencia inicial en la que se muestra la realidad de una situación -la de cientos de subsaharianos intentando saltar una valla- en un gran virtuoso ejercicio estético de increíbles planos que se convierten en detonante con el que comienza el relato de esta historia. Uno de los Guardias, Mateo ( interpretado por el soberbio Álvaro Cervantes), se muestra como un personaje contrariado y atormentado por su conciencia y por su dualidad moral que le colocan entre la lealtad a sus compañeros o la necesidad de contar la verdad de lo que pasó. 

Álvaro Cervantes (Mateo) y Jesús Carroza (Javier) 

La fotografía de Sergi Vilanova -quien ya trabajó en otras obras como Diecisiete (2019) o El aviso (2018)-, y la magnífica banda sonora de Roque Baños -quien se llevó el Premio Goya a mejor música original en Los crímenes de Oxford en 2009- acompañan el desarrollo de estas tres historias entrecruzadas que contraponen dos puntos de vista: el punto de vista de quienes vigilan las fronteras y el punto de vista enfocado a través de la potente, cautivadora y expresiva mirada infantil de quien se debe abrir camino entre ellas, y enfrentarse a un tempestuoso viaje migratorio, para quizá lograr con ello, mejorar su situación.

                           


EN DEFINITIVA 

Adú es un potente relato dramático que no sermonea ni pretende aleccionar sobre una realidad incómoda de la que nunca se habla o no se "tiene tiempo de hablar". Su mensaje llega y consigue calar gracias a la fuerza interpretativa de sus personajes principales, que hace avanzar la trama hasta un anticlímax que lejos de recurrir a la emoción o al sentimentalismo apuesta por representar lo poco que tiene de emotivo la realidad de la diferencia entre los niños que llegan solos y migrados y los adolescentes considerados mayores de edad, los cuales quedan fuera del sistema de protección de los centros de menores; revelando así la realidad de los procesos migratorios, que consiguen extender esa línea interminable, de lo que se constituye como un acto tormentoso que nunca tiene fin una vez que se emprende, el acto de emigrar. 

Después de ver Adú (2020) empecé a indagar en otras películas que también tratan la realidad social de la inmigración como la británica Sammy, huida hacia el sur (Alexander Mackendrick, 1963), en la que un chico de 10 años comenzaba un viaje tormentoso en África en busca de su tía, un viaje de supervivencia lleno de intriga, emoción y verdad; o la jordana Lobo o Theeb (lóbo en árabe), de Naji Abu Nowar (2014)en la que Theeb se embarca en un viaje en busca de su hermano Hussein por el peligro desierto de Arabia en el que se encuentran mercenarios otomanos y revolucionarios árabes; u otra, más actual y de corte atípico, como la producción suiza italiana que se logró colar allá por finales de 2020 en la 58 edición del Festival Internacional de Cine de Gijón (FICX): Il mio Corpo (Michele Pennetta, 2020), una historia que se centra en su protagonista, Stanley, un migrante que se ve atrapado en Sicilia y que se torna interesante no por su carga política o sentimental, sino por la mezcla de desapasionada y descarnada tibiedad de la situación y que representa lo que llega después del rescate en el mar Mediterráneo, de la detención y de la llegada a los centros de acogida: la desilusión que se apodera de aquellos que pensaban que su situación mejoraría con su llegada al paraíso europeo prometido, la deshumanización a la que poco a poco se abocan, y la cotidianeidad y el aburrimiento con los que poco a poco, se dan cuenta de ello, de su propia realidad, y de la realidad de la inmigración. 

                          

En definitiva, una película que logra sondear este profundo y a veces para algunos "invisible" tema que nos rodea y que muchas veces no somos capaces, o no queremos entender, sentir o ver. Y es que los artefactos artísticos del cine nos acercan a ello, y el que una película logre contar una historia tan real y universal, no es un proceso de carezca de obstáculos, al contrario. Además no hay una fórmula mágica que garantice el éxito, ni la comprensión de estas historias, por eso cuando se logra, logra emoción. 

Historias de personas que han perdido el derecho a la vida en sus países, que han sido llevadas al límite de la deshumanización, y a cuyos mecanismos de supervivencia les lleva a jugarse la vida en una patera, saltar una valla llena de pinchos, viajar en la bodega de un avión o cruzar el estrecho a nado. Historias en las que no existe nada más que la esperanza de vivir y la desesperación por sobrevivir. Historias que esperemos inciten a la reflexión a aquellos que dentro de su posición privilegiada y de sus acomodadas formas de vida se dedican a lanzar "discursos políticos del odio" y a esconderse bajo el trágico lema del intento fallido de "no podemos hacer nada".








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