El árbol de la sangre (Julio Médem, 2018)

 



He de decir, que no soy una fan acérrima de toda la filmografía de Julio Memem, aunque si de algunas  de su arrollador cine moderno como `Los Amantes del círculo polar´ (1998) o de la turbiedad de algunas otras más antiguas como `La Ardilla Roja´(1993). Además, siempre que me aventuraba a un film del director donostiarra, no sabía lo que me iba a encontrar, y he de decir, que esta también ha sido una de esas veces.  El resultado: peligroso. Un drama que a mi punto de vista se encuentra ligeramente rozando la fina línea entre la magnificencia en la historia, el discurso y los diálogos, y la inverosimilitud desproporcionada de quien no consigue cohesionarlo, pero que en definitiva, logra producir una experiencia que logra resolver si bien no satisfactoriamente, completamente la circularidad de la trama.  

`El árbol de la sangre´ (2018) es un vaivén constante de giros de guion, de personajes de historias que se entrecruzan, que se ocultan secretos y verdades y que mientras tanto, eso si, tienen mucho sexo -como no podía faltar en la filmografía del director -. En definitiva, una montaña rusa argumental y ornamental contextualizada en una especie de grito multicultural a modo de reflexión ideológica y simbólica dentro de una España que prefiere hablar de vacas y toros que de política, asunto que por cierto está prohibido a los protagonistas al comienzo de la escritura del libro. 

Úrsula Corberó (Rebeca) y Álvaro Cervantes (Marc)


Y digo al comienzo de la escritura del libro porque es precisamente la premisa inicial y el detonante de la historia que lleva a Rebeca (Úrsula Corberó) y Marc (Álvaro Cervantes) a escribir la historia de sus familias en un caserío del País Vasco que perteneció a su familia, creando un árbol genealógico, al tiempo que  indagan sobre sus raíces, por las que descubrirán que hay algo que les une más allá de la sangre. Amor, desamor, celos, locura, sexo, infidelidades, padres, amantes, paradojas, diferentes líneas espaciotemporales, mafiosos rusos y georgianos (pero también españoles), niños rusos de la Guerra Civil, cantantes punks, traficantes de órganos y vínculos con la naturaleza y los animales, en una alegoría audiovisual a modo de poesía fantástica.

Najwa Nimri como la cantante punk `La Maca´
                             

 La locura, la muerte y la pasión, tres fuerzas de acción como motor de la trama, tres líneas sobre las que versa la curiosidad y las expectativas de un film, que se abre camino a una resolución en un clímax avocado más bien a la suscitante paradoja entre la sorpresa, y la decepción, en un ejercicio excesivo de abrazar cierta singularidad, que si bien no es que no la alcance, la rebasa, desmarcándose de su objetivo inicial. Eso si,  a pesar de lo anterior, la película consigue combinar todos los elementos metafóricos con una potente fuerza creadora digna de una delirante y pura imaginación Aronofskiana.



Por destacar lo mejor, quizá la estupenda banda sonora de Lucas Vidal y la espectacular fotografía a cargo de Kiko de la Rica que ayudan a fraguar la simbología y las metáforas -como la de las vacas y los toros- que cada espectador debe encargarse de interconectar en un ejercicio interpretativo individual, pero que se vuelven un aspecto negativo, cuando se vuelve demasiado extensivo y reiterativo, produciendo opacidad e irregularidad en el film. 

Ángela Molina, Josep María Pou como los padres de Víctor (Daniel Grao) y Olmo (Joaquín Furriel)


La sutilidad y el atrevimiento a la hora de exponer y superponer precisamente esos aspectos que quizá no terminan de conectar por sí solos son también un aspecto bueno a recalcar de la película: como la mafia de la Europa del este en España, el tráfico de órganos, personas conectadas místicamente y las relaciones sentimentales en dos paradigmas espaciotemporales. Sin embargo no se torna un problema, porque para el momento en el que el espectador se empieza a cuestionar si esos elementos funcionan, Medem ya ha lanzado soluciones narrativas que si bien no son verosímiles, concuerdan y ayudan a avanzar la circularidad de la trama. Además, las subestimadas actuaciones de actores como Ángela Molina, Josep María Pou, Joaquín Furriel y la magnífica Najwa Nimri brillan por encima de algunas actuaciones protagonistas - como la de Úrsula Corberó y Álvaro Cervantes. -, quienes tampoco desmerecen reconocimiento pero quienes flaquean en el clímax de su momento de mayor intensidad dramática. 



Por tanto lo malo del film quizá radica en su pretensión de querer mostrar algo simbólico, singular, extraño, profundo y perturbador como un todo en la película, de querer hacerlo funcionar todo junto, y de que case, como las piezas de un puzzle. Sin embargo, esas piezas funcionan mejor individualmente, y no juntas, obteniendo un resultado quizá un tanto inverosímil, y más teniendo en cuenta, la disparidad y la poca congruencia en muchas de esas piezas. 
No obstante, recomiendo darle a la cinta una oportunidad para disfrutar de este estético ejercicio metafórico de 135 minutos del inteligente, sutil y arriesgado cine de Medem, y del brillo y el ímpetu coetáneo de otras de sus obras no tan recientes como `Vacas´ (1992) o `Habitación en Roma´ (2010)







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