Bliss: crónica de una doble realidad precipitada

 


Que la dirección de Mike Cahill y su imaginario poético dentro del género de la ciencia ficción sean una cosa muy particular, es algo que se entendió desde su primera película, “Another Earth” (2011), y “I Origins” (2014), esta última con el mismo estilo futurista y tintes existencialistas y filosóficos que “Bliss”.

La nueva cinta de Cahill es un drama que se encuentra ligeramente rozando la fina línea entre la magnificencia en la historia, el discurso y los diálogos, y la inverosimilitud desproporcionada de quien no consigue cohesionarlo, y que en definitiva, aunque logra producir una experiencia agridulce de un material del que podía arraigar algo más fuerte y trascendental. 

La película intenta hurgar en la idea del desdoblamiento de realidades. De hecho, sus cristales o pastillas azules y amarillas -que denotan a ecos de “Matrix”- apuestan por ser una premisa narrativa mezcla de distorsión-realidad-ficción que promete, insertada en un contexto metafórico de denuncia, y con un tratamiento y un estilo visual lleno de referencias simbólicas que el espectador es capaz de encontrar a lo largo de le película. Todo ello con el fin de convertirse en una experiencia totalmente subjetiva. Sin embargo, termina convirtiéndose en un drama de ciencia ficción superfluo bastante potente narrativa y audiovisualmente, pero que no termina de explotar. Un rompecabezas con quizá a veces demasiada falta de verosimilitud que intenta abarcar más elementos de los que puede.

Owen Wilson es Greg, un hombre deprimido tras su reciente divorcio, que vive sumido en su propio mundo interior, dibujando la casa de sus sueños y tomando pastillas para sentirse mejor. También parece tener problemas en su trabajo, y su jefe le despide. Greg le da un golpe y le mata sin querer y se esconde de la escena del crimen en un bar en el que conoce a Isabel (Salma Hayek), una mujer que vive en la calle y que le seduce y le dice que son las únicas personas reales del mundo en el que se encuentran, pero que sus cuerpos se encuentran en otra realidad mucho más bonita y positiva. A medida que la va conociendo, le va introduciendo en los misteriosos cristalitos amarillos que al parecer les hace adquirir poderes telequinésicos y que les diferencia del resto de los humanos, que tampoco serían reales.

Salma Hayek y Owen Wilson como Isabel y Greg 


Hasta aquí perfecto, una premisa bastante clásica del género: dilucidar si lo que vive el protagonista -un adicto a las pastillas- es fruto de ser un soñador empedernido y su drogadicción, o si realmente está atrapado dentro de un mundo virtual.



La trama se sigue desarrollando e Isabel le acaba dando a Greg un aparato con el que poder introducirse a través de la nariz unos cristales azules que le sacan al parecer de esa simulación ficticia, y le lleva al mundo real, un mundo idílico en el que predominan la riqueza, la automatización, minas de asteroides, biología molecular, y en resumen, la seguridad, la sostenibilidad y el pacificismo. Todo esto se lo explica Isabel, quien al parecer es una científica que ha diseñado un mundo ficticio -el que hasta ahora era real para Greg- en una especie de proyecto llamado “Caja cerebral” para poder apreciar y valorar más ese mundo perfecto que si es real.

Owen Wilson y Salma Hayek


Por el momento el ritmo narrativo avanza prudente, ocasionando la esperada curiosidad de una premisa que parte tan interesante, acompañada por una buena banda sonora -a cargo de  Will Bates (“Depraved”) -que se hace notar en los momentos más esperados y que acompaña al arco narrativo de la extraña historia de amor de los dos protagonistas hasta su final.

El guion, un tanto más complejo que el de sus films anteriores, exige una ardua tarea de realización para llevar a cabo ese extensivo y delicado ejercicio narrativo que por desgracia en ocasiones se pierde. Y es que, aunque esa idea de vivir en un mundo más horrible como experiencia para poder apreciar el mundo al que realmente pertenece, el bueno y el real, es un punto de inicio y un proyecto que se torna verdaderamente interesante, se hunde a medida que avanza la trama. De hecho, son varias las preguntas que surgen en torno a la cinta: ¿necesitan las sociedades elitistas, hedonistas y acomodadas que gozan de todo tipo de privilegios experimentar la desgracia, la pobreza y la marginalidad para valorar ese status, para valorar esa normalidad? ¿cómo podríamos confirmar que vivimos en una realidad, y no una simulación? ¿es nuestra realidad real, o lo es simplemente porque creemos en ella?


Preguntas que surgen entre los mensajes de denuncia social hacia la creciente población sin techo en ciudades como Los Ángeles y que incitan a reflexionar sobre la salud mental y el abuso de drogas con prescripción que llevan a la adicción, a la par que lleva a mirar con ojos críticos a una sociedad que le da la espalda a los más desfavorecidos, y a todo un submundo de pobreza, prostitución y venta de drogas que van arruinando sus vidas diariamente. Cuestiones en concreto, que se intercalan entre las líneas de este abstracto pero atrevido guion. Un atrevimiento a la hora de exponer y superponer precisamente esos aspectos que quizá no terminan de conectar por sí solos pero que terminan convirtiéndose en un aspecto bueno a recalcar de la película.


La trama de la película avanza también gracias a la fuerza interpretativa de unos actores que actúan mejor por separado que juntos, sin demostrar ninguna química en la pantalla que pudiera haber hecho más creíble la historia de amor entre sus personajes, y logrando más bien un resultado constreñido. Quizá estuviera pensado para contribuir a reforzar ese extrañamiento propio de dos personajes colisionados de mundos o realidades diferentes. Sea como sea, resulta más conmovedora la relación del actor Owen con la brillante y sorprendente Nesta Cooper ("Travelers”), quien logra destacarse en la película gracias a su brillante papel secundario como la hija de Greg.

En definitiva, la película logra tener algo que contar. Sin embargo, aunque lo sabe y lo logra plasmar, no lo hace con el tono dramático que debería acompañar a esas secuencias tan elaboradas y trabajadas llenas de efectos especiales. De hecho, quizá a veces el tono más bien cómico carece de la fuerza necesaria que se necesita para hacer avanzar la historia. Además, quizá uno de los peores aspectos del film radica en su pretensión de querer mostrar algo simbólico, singular, extraño, profundo como un todo en la película, de querer hacerlo funcionar todo junto obteniendo un resultado más bien inverosímil y en ocasiones dispar e incongruente.


Así pues, Bliss juega con los límites entre la realidad y la ficción, dejando al espectador en todo momento la opción de creer en lo que prefiera creer. No obstante, y como comenzaba Greg al narrar el comienzo de la película, “no se si nada de todo esto es real, pero tiene sentimiento, y el sentimiento es real”. Por lo tanto, no está de más darle a la cinta una oportunidad para disfrutar de este estético ejercicio metafórico de 104 minutos del inteligente y arriesgado cine de Cahill.   

 




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