MIDSOMMAR (Ari Aster, 2019)
(Esta crítica contiene spoilers)
`Midsommar´ es un film difícil de catalogar por la ardua mezcla de elementos como intriga y sectas a modo de drama atípico en el medio rural que sea como sea, acaban convirtiéndose en ingredientes a modo de pastiche de terror psicológico que Ari Aster (2019) elabora a plena luz del día.
Lo primero que hace Aster para gestar el terror en la película es huir de la oscuridad que se le suele atribuir al género, para bañar con la luz del sol nórdico toda la cinta. A partir de ahí, la película te sume a través de un viaje hipnótico hasta el más absoluto de los desconciertos en el fondo de tu subconsciente.
Además, cargado de la misma temática que la `Hereditary´ con la que el cineasta estadounidense debutó hace tan solo dos años, se vuelve a servir de un brillante diseño de producción y vuelve a hacer un ejercicio de refinamiento narrativo pasando por el más visual de los detalles para explorar conceptos como las relaciones en pareja o la necesidad de pertenencia a un grupo o familia, elementos considerados como las mayores debilidades del ser humano.
UNA SINOPSIS FUERA DE LO COMÚN
La película comienza con un buen arranque, Dani y Christian son una pareja estadounidense cuya relación oscila entre la supeditación y el maltrato solapado casi lamentablemente imperceptible por muchos -en especial por los amigos de Christian, quienes le manipulan- y por el trato frío, distante y tenso de él hacia ella. Sin embargo, tras el drama que ha roto la vida de la chica y que hace que nos interesemos por ella, y siendo Christian la única persona en quien apoyarse tras ello, decide ir con él y sus amigos al Midsommar, un festival de verano que se celebra cada 90 años en una aldea remota en Suecia.
Todo comienza como un periodo vacacional de descanso y relajación con marihuana a plena luz del sol mientras que el diseño de sus personajes transcurre con normalidad, y no cuesta identificar los cánones prefijados de grupo: el colega gracioso, el intelectual, el más odioso o la protagonista, la "chica final" o "final girl", Dani (interpretada por la actriz británica Florence Pugh). En cualquier otra película de terror, todos ellos irían cayendo bajo las garras de un asesino casi invisible, pero en esta ocasión, deben enfrentarse a una particular comunidad nórdica que les "invitan" a colaborar en sus perturbadoras y sectarias actividades festivas.
El director va cocinando así todos los ingredientes, los personajes, el transcurso de sus acciones, sus planos aéreos, sus carreteras invertidas convirtiendo el asfalto en cielo, la puesta en escena, el vestuario, los fuera de campo, incluso la inclusión de los "corifeos" al más puro estilo del "teatro griego" en algunas de sus escenas, y en definitiva una banda sonora cargada de leitmotivs sobrios que acompañan a los personajes y al transcurso de sus acciones con las que se va caldeando un clima y un ambiente lo suficiente como para que se espere que explote y la receta se consolide. Sin embargo, nunca explota, y nos mantiene en un estado desconcertante, enervado y perpetuo de escenas de brutal violencia y escenas de ritmo habitual, esperando a que todo se desate. Y nunca lo hace.
UN GUION QUE EXASPERA
A pesar de la creciente fervorosidad visual con la que Aster va desarrollando la película, al final de la misma queda una sensación de que hay algún aspecto del guion que chirría, y que por tanto deja un sentimiento agridulce, porque por un lado te ha gustado la manera en la que has viajado por el desconcierto, pero por el otro, porque crees que acabas de salir de formar parte de una secta que te ha tenido todo este tiempo engañado.
Así es como por ejemplo no importa que sea previsible todo lo que va a ocurrir una vez que llega el grupo protagonista al festival, lo "extraño" es que vayan desapareciendo uno a uno y que no levante sospecha entre ninguno de los protagonistas. En todo ese proceso parece que no haya suspense, porque parece que están ocupados con otros asuntos. No se le da importancia y por tanto el espectador tampoco.
Otras claves que se presentan interesantes en la película como el defender el sacrificio /suicidio de los más mayores, porque alargar la vida innecesariamente es algo "ilógico", tampoco tiene ningún conflicto entre ninguno de los personajes; y tampoco hay ninguna confrontación ideológica y religiosa entre los miembros de la comunidad sueca, sin que ninguno de ellos tenga ninguna crisis religiosa o existencial; o el hecho de que la festividad se celebre cada 90 años, siendo imposible por la imposibilidad de supervivencia de una celebración a otra.
Esto expone la duda de si al final esta historia contada a través de muchos ingredientes en los que no termina de profundizar acaba no cumpliendo con la plena sensación de satisfacción que un guion con mayor hondura explicativa hubiera podido llegar a tener. No obstante, a pesar de esto, lo bizarro e incómodo de lo estilístico acaba primando con excelencia sobre el conjunto general de la película.
¿QUÉ ESPERAR CUANDO ESTÁS ESPERANDO?
Lo que hace Aster a lo largo del metraje es cargar de expectativas al espectador que sabe que se van a cumplir y someterle a infinidad de sorpresas que afectan a los factores más inesperados, ofreciendo malabares con ese juego de expectativas y angustiarle frente a lo predecible, dejándole desnudo ante un horror que llega a ser bárbaro y cruelmente desbordado -y que recuerda a sus referentes del folk horror como El hombre de mimbre (Hardy, 1973) o La matanza de Texas (Hopper, 1974). Con todo esto, se sabe que van a matar a los señores del principio, se sabe que los van a tirar por la montaña, se sabe que ella va a ser la Reina de Mayo, se sabe que su novio la va a engañar con la chica pelirroja de la comunidad, es decir, que ocurre lo que se espera, pero no cuándo y cómo se espera. Y en eso último es en donde el director juega con ventaja frente al espectador.
En definitiva, este largometraje es mucho más sencillo de lo que aparenta, y además encierra una complejidad aplastante. Una complejidad sumida en una forma estilística y narrativa llevada a cabo con tanta dualidad y riqueza, que logra aquello a lo que aspiran cientos de cineastas, trascender. Trascender ante el público y acostumbrarle al desconcierto, para el que algunos de ellos, no están preparados.








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