El nadador (Frank Perry, 1968)


Este drama psicológico a lo pool-movie del 68 del director Frank Perry, y basado a su vez en el retrato de la suntuosa sociedad americana de los 60 del relato corto del escritor John Cheever de 1964, narra la aventura de Ned Merril (interpretado por Burt Lancaster), un hombre atléntico que vive en un barrio pijo a las afueras de Connecticut y que un día tiene la loca idea de ir recorriendo el valle donde vive de piscina en piscina privada de amigos y no tan amigos hasta llegar a su casa en lo más alto de la colina, al tiempo que reflexiona sobre su vida al ver a algunos de las mujeres que formaron parte de su vida, como una adolescente apasionada que estaba enamorada de él (Julie Ann, interpretada por Janet Landgard), y otra amante despechada con la que jugó mientras estaba casado con su esposa (Shirley Abbot, interpretada por Janice Rule).  

A la izquierda, Shirley Abbot, interpretada por Janice Rule, a la derecha, Ned, interpretado por Burt Lancaster.


Durante una hora y media media a ritmo de brazada reflexiona oníricamente sobre la superación,  sobre la libertad de uno mismo, de sus relaciones con el resto de vecinos, de madurar y la muerte, todo ello en una especie de parábola a lo "dime dónde nadas, y te diré quién eres". Se convierte así en una obra que más tarde sería concebida por una obra de culto y que sería anticipo del cine de los 70,  lleno de personajes aturdidos que despiertan del sueño en el que vivían y se encuentran con una realidad infectada y ácida. 

Una obra que se enfrentó a varios problemas de producción, como el no poder conseguir las cesiones de los propietarios para rodar en las piscinas de los chalets, a la censura de las imágenes, que obligó a la película a afrontar diferentes montajes dependiendo del país, y sobre todo a la falta de control de Frank Perry del film, que hizo que la abandonara antes de finalizar. Sydney Pollack se encargó de terminarla -director que acabaría siendo uno de los grandes realizadores de los 70 del cine norteamericano, con grandes películas como They shoot horses, don´t they? (1969)- o Jeremiah Johnson (1972). El propio Burt Lancaster tuvo que poner 10.000 dólares de su bolsillo para el último día de rodaje -como afirmó en una entrevista-. De hecho, aunque la película se rodó en el 66, Columbia no la estrenó hasta dos años más tarde 


La música y la banda sonora acompañan todo el tiempo a las acciones del protagonista y suscitan emoción, desidia, e intriga conforme va avanzando el film. Los ritmos y el tono van cambiando de acuerdo a los sentimientos de Ned, como en esa exasperada escena final en la que llega a su casa y la música denota misterio y angustia,  mientras recorre con los pies ensangrentados sus antigua pistas de tenis -ahora ya pálidas, vacías y rotas- y en la que cree escuchar e imaginar los sonidos de sus hijas jugando en ellas. 

Los tonos cromáticos pastel de la película van cambiando hacia tonalidades más frías, a medida que se va mostrando la verdadera personalidad de un Ned que siempre ha tenido lo que ha querido,  que nunca ha carecido de lo que ha deseado y que ha jugado con ello. Además, se va mostrando su obsesión con ser querido y aceptado y caerle bien a todos, y cuando se da cuenta de que ya no todo el mundo le quiere o le concibe igual, y que sus relaciones y las actitudes y comportamientos hacia él cambian,  se va sumiendo en el frío, tanto físico como psicológico, de unan tristeza brutal y devastadora. 



La vida de Ned es una mentira, y su existencia está vacía, ya que siempre se ha basado en la búsqueda del éxito. En ese descubrimiento, y en ese viaje de piscina en piscina, pasa del sol y el calor a la oscuridad y el frío, de la aceptación social a la humillación, y de la confianza, al miedo y el pánico. La metáfora del clima a lo largo del film acompañan todo esto. Así, el tempestuoso  final de la película revelan en un frío clímax a un desesperado  Ned golpeando las puertas de una abandonada, desolada, y vacía mansión, de la que un día fue su casa. Los truenos suenan, y una fuerte  lluvia cae, junto a la moral de un Burt abatido, destruido y solo. 


El relato y la película así hablan de la imposición de la clase dominante, del idílico "sueño americano" y de la relación riqueza-felicidad, además del miedo a no ser aceptado y a engañarnos y mentirnos mientras envejecemos solos, hasta ser olvidados. Así, aparte de constituirse como una crítica a la sociedad también lo es hacia la personalidad de cada individuo en aquel tiempo, de las falsas mentiras que la gente cree de sí mismos, y de las etapas de la vida, insertadas en el recorrido metafórico a lo largo de esas piscinas, hasta la vejez y la muerte, hasta la soledad y la desnudez de su personaje. 


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