El secreto de sus ojos





¿Cómo se hace para vivir una vida vacía? ¿Cómo se hace para vivir una vida llena de nada? Preguntas que marcan y trascienden en el clímax de la película, poniendo resolución a un desarrollo magnífico, que marca y hace reflexionar.

Varias son las características de este inteligente thriller policiaco por las que merecería una alta calificación: por su conmovedora e hipnótica trama (basada en la novela “La pregunta de sus ojos” de Eduardo Sacheri), por sus diálogos densos y profundos, por sus escenas de belleza visual arrolladora, por sus característicos planos semisubjetivos, que hacen entrever y suscitar las emociones y las secretos en la mirada resaltada de cada uno de los personajes, por sus protagonistas que enfrentan unas increíbles actuaciones y por la complicidad del magnífico Ricardo Darín y la brillante Soledad Villamil; y por último, por la tremenda banda sonora de Federico Jusid que emociona, te envuelve, te sugiere, te inquieta y te conmueve.

Benjamín Espósito (Ricardo Darín)


Todos los elementos encajan en esta coproducción española-argentina como elementos de un rompecabezas al que calificaría de 10. El secreto de sus ojos es de esas películas resolutivas y completas que te intrigan cuando tienen que intrigar, te resuelven cuando te tienen que resolver, y te demuestran cuando te tienen que demostrar, que muchas veces un guion es mucho más que simple acompañamiento narrativo a lo visual, que estremeciendo sorprende, emociona y transmite y se convierte en una experiencia multisensorial. Hasta el final. De esas películas que te dejan bien después de haberla visto, de esas de las que te sientes orgullosa de haber regalado a tus sentidos y digna de merecer los aplausos al Óscar a mejor película de habla no hispana. Chapó por la dirección Campanella.

Pero para ir desgranando comencemos con el plot. Lo tiene todo, una alta trama criminal, una historia de amor maniquea imposible y un malo un tanto turbio al que la justicia no termina de darle lo que le tiene que dar, justicia.  En medio de todo ello se encuentra Benjamín Espósito (Ricardo Darín), un oficial de Juzgado de Instrucción de Buenos Aires ya retirado que está obsesionado con resolver un brutal asesinato ocurrido hace 25 años, durante la dictadura argentina. Para ello intenta revivir el pasado escribiendo una novela del caso, al mismo tiempo que deja espacio para la memoria del recuerdo de una mujer (Soledad Villamil) de quien ha estado enamorado todos esos años. Y así, mediante la escritura de esa novela a través de una vieja Olivetti que escribe sin la “A”, la narración del film nos transporta a los hechos que ocurrieron cuarto de siglo atrás en el tiempo.


Irene (Soledad Villamil)

SPOILER ALERT: Hago un aviso a todo aquel que desee continuar leyendo: comienzan los spoilers. El que avisa no es traidor.

Comienza la presentación de los personajes, a través de escenas de ellos en la vida cotidiana, vidas con las que enseguida conectamos y nos sentimos parte gracias a esa complicidad espectador – personaje, a través del retrato de sus emociones y por el establecimiento de sus conexiones con otros personajes. Todo con ayuda del desarrollo de un guion bien trabajado, divertido, laxo, cotidiano y real. En definitiva, un conjunto actoral que fluye con química, con comedia en momentos de distensión y con momentos de una interpretada emoción dignas de un drama.  Un mix entre drama y comedia que resulta espectacularmente sublime.

Poco a poco se nos va presentando una de las tramas principales, un brutal caso policial: una violación y asesinato de una mujer. Un caso en el cual Benjamín se verá muy inmerso, y a lo largo del cual se irán sucediendo pruebas, hechos y posibles sospechosos que susciten cada vez más intriga y emoción. Todo ello hasta que finalmente se encuentra al culpable, Gómez, un antiguo conocido de la chica de su pueblo que estaba obsesionado con ella y al que terminan metiendo en `cana´, sucedido tras un impresionante plano secuencia a modo de persecución filmada en un estadio de fútbol.

Pruebas del caso 

Hasta aquí todo bien, sino fuera porque tras esto se sucede el primer punto de giro: liberan a Gómez de la cárcel y con total libertad de ejecutar todo tipo de movimiento, y ejecuciones. Gómez empieza a querer vengarse de los que le metieron en la cárcel y finalmente Benjamín se verá obligado a regresar a su ciudad natal al quedarse sin protección en la capital. Aquí es donde se separa la otra trama principal: la historia de amor de los personajes que no se han atrevido a confesarse lo que sienten el uno por el otro durante todos esos años, y seguirán sin hacerlo durante 25 años más. Sin embargo, lo que conmueve de esa historia de amor es precisamente la naturalidad con la que sucede a la par que la criminal.

Benjamín (Ricardo Darín) e Irene (Soledad Villamil)


La que también conmueve es la manera en la que se aborda la relación entre el compañero y amigo de Espósito, Sandoval: “el único en el que confía y que termina siendo un maldito borracho”, como el propio Benjamín lo describe. El Quijote y el Sanchopanza borracho. Ambos unidos a un pasado sentimental con fantasmas y heridas del pasado sin cicatrizar y atados en el presente profesionalmente por esta eterna y abrumadora investigación policial. Un amigo para el que Benjamín ha estado muchas veces, y para el que él estará en su final, sacrificándose por su amigo y entregando su propia vida.

Por lo tanto, para resumir y volviendo a la historia criminal: tenemos a un asesino liberado y convertido en sicario que va buscando matar a los jueces que le metieron en la cárcel (entre ellos Benjamín) y un marido destrozado por la poca justicia llevada a cabo. Un marido que día tras día iba a la estación de tren a buscar al posible asesino de su mujer aún cuando no sabía quien era. Un hombre que vivía una vida vacía llena de dolor, rabia y desesperanza. Sentimientos que se fueron transformaron en ira y deseos de venganza cuando tras después de haber hecho justicia, sacaron al asesino de su mujer de la cárcel y lo pusieron libertad. Cansado de las falsas promesas de perpetua de la justicia, la ira va bullendo dentro de él.

Pablo Rago interpretando a Ricardo Morales (el marido)


Y bulle hasta que estalla. Los secretos, las ideas, los pensamientos y las sensaciones se van fraguando tras los ojos de Morales (con una magnífica interpretación de Pablo Rago) y van forjando lo que constituirían su futura venganza. Todo ello se condensa en el inesperado e intenso clímax del final de la película. El momento en el que ¿Cómo se hace para vivir una vida llena de nada? obtiene respuesta. Y la respuesta es que esa nada estaba llena de cumplida venganza.

Venganza por la cual decide tomarse la justicia por su mano, y encerrar al asesino de su mujer en su casa durante 25 años, dándole comida y castigándole y torturándole con una de las armas más poderosas que jamás un ser humano creería que no podría soportar: la simple ignorancia de la palabra.

Un más trágico y escalofriante reflexivo clímax que pone punto y final a la resolución de ese conflicto criminal, que sucede a la par que el fin de la historia de amor, un poco más alegre, por la cual Benjamín e Irene encuentran un final feliz a su historia.


Por tanto, el film logra reunir todos los ingredientes principales del drama: emoción, tragedia e intriga, una historia de amor y una historia criminal. Ingredientes que Campanella hace confluir y avanzar conjuntamente, con una atmósfera precisa para cada una de las historias en cada momento. Logrando algo perfecto. Un maestro de la dirección que emociona con esa mezcla entre ironía, comedia y drama que encierra una reflexión que más de uno se ha planteado alguna vez en su vida: el actuar por cuenta propia cuando ni la propia justicia te ayuda.

En definitiva, un fuerte melodrama alterno criminal y amoroso nada pasteloso. Natural, de un suspense inquietante y de una resolución brillante, sencilla y precisa, que provocan una tensión emocional extrema en el espectador a la vez que extraen de él lo mejor y lo peor. Inmejorable. Alto film de Campanella. Grande. 


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